Marzo, 2024

Nº 7. Entrada del boletín pasado de marzo sobre la artista Alice Neel, la película chilena La nace del olvido, y una breve opinión sobre el autodiagnóstico con posts de pseudopsicología.

ARTE

ALICE NEEL

people come first

Alice Hartley Neel nació el 28 de enero de 1900, abriendo el siglo XX, en el barrio de Gladwyne, Pennsylvania, Estados Unidos.

Cuarta de cinco hijos en el seno de una familia de clase media, se mudaron a un pequeño pueblo cerca de Filadelfia unos meses después de su nacimiento y tras la muerte de su hermano mayor por difteria con sólo 8 años. Allí, en Colwyn, cursó la primaria y secundaria y en 1921 comenzó a estudiar en la Escuela de Diseño para mujeres de Filadelfia. 

En esos años conoció al pintor cubano Carlos Enríquez con el que se casó en 1925. El artista pertenecía a una adinerada familia que Neel conoció en el 26, cuando viajaron a La Habana para instalarse en la mansión familiar de él, y que fue gradualmente incomodando a Alice.

Entre tantos lujos y servicios y en contraste con la pobreza que imperaba en las calles cubanas, Alice Neel se sentía terriblemente mal. Cuando mejor estaba era cuando compartía espacios en la cocina u otras estancias destinadas a las personas encargadas del servicio de la casa. Siempre tuvo inquietudes sociales y quizá allí es donde más asomó su conciencia de clase.

Allí también comenzó a relacionarse con la vanguardia cubana, con artistas, escritores y ambientes socialistas y el comunistas. A finales de ese año tuvo a su primera hija y le pidió a Enríquez que se marchasen pues la madre de él se entrometía demasiado. Por desgracia, antes de cumplir un año, la pequeña falleció a causa de la misma enfermedad que su hermano, la difteria. La ansiedad y el trauma generados por esta pérdida se pueden apreciar en la obra Well baby clinic (1928) que pintó dos años después con el nacimiento de su segunda hija ya en Nueva York.

En 1930, Carlos Enríquez vuelve a Cuba y posteriormente se traslada a París llevándose a Elisabetta, la hija de ambos. Alice fue hospitalizada en diversas ocasiones por intentos de suicidio e ingresada en un sanatorio en Filadelfia donde la animaron a seguir pintando como parte de la terapia. En el 34 logra remontar y continuar con su vida ordinaria con el apoyo de su familia, especialmente de su madre, y vió de nuevo a su hija entonces de 6 años. A lo largo de su vida, Alice tuvo diversas parejas y amantes sufriendo más abandonos y relaciones abusivas. Tuvo dos hijos más.

En 1935 se mudó al Harlem Hispano, donde comenzaría a florecer su etapa artística más brillante (en mi opinión). Si por algo destaca la obra de Alice Neel es por su humanismo, por la carga política, la influencia comunista, el modernismo y por unos dibujos radicales y una pintura experimental dentro del retrato expresionista.

Aunque a ella no le gustaba el término ‘retratista’ porque lo consideraba limitante para el ejercicio de pintar a personas como si fuera una cuestión meramente física llegando ella en su obra a representar las “almas”, pintó los retratos más que suficientes para entrar en esa categoría. Muchos de estos retratos eran de hombres y chicos que encontraba por las calles del barrio, que apenas conocía y que a veces incluso no podían terminar de posar cuando el cuadro necesitaba más de una sesión y de repente desaparecían (véase Black Draftee [James Hunter], 1965). Algunas de las obras más destacadas de esta índole son The Puerto Rican Family [*] (1943), Georgie Arce (1955), o el retrato de la activista Mercedes Arroyo (1952). Uno de los grandes intereses de Neel era representar la multiculturalidad y las injusticias sociales alrededor de ella.

A la izquierda: Carmen and Judy, 1972. A la derecha: Nancy and Olivia, 1967.

Cabe mencionar también la rebeldía de sus dibujos de desnudos explícitos de sus amantes en los años 30, motivo de crítica en esa época. Y por supuesto, si no no estaría en este boletín, realizó bastantes obras representando las vivencias de las mujeres en torno a la maternidad y/o al duelo por la muerte de las hijas e hijos de estas. Además de su socialismo, de su interés por las personas racializadas y del colectivo LGBT, tenía una perspectiva bastante feminista. Criticó la maternidad definiéndola como una dicotomía terrible que rompía con el desarrollo personal y laboral de las mujeres, como ella sintió al ser madre y desarrollar su carrera artística. Se relacionaba con mujeres como Irene Peslikis, otra artista con discursos feministas y una de la pioneras del movimiento artístico de mujeres en la costa este a la que Neel también retrató (Marxist girl, 1972). Como dato anecdótico y, a pesar de no conocerse, en 1970 realizó un retrato de la feminista radical Kate Millett para la revista Time ilustrando el artículo La política del sexo.

Dice mucho de su personalidad revolucionaria que, después de retratar a tantas personas, esperase hasta sus 80 años para realizar su primer autorretrato, además, desnuda (visible en la primera fotografía o aquí). Es un retrato de cuerpo completo en el que no se preocupa por disimular arrugas ni flacidez, todo aquello que se nos enseña a ocultar y que nunca fue considerado motivo de admiración, en el cual posa en el sillón de rayas azules en el que posaron anteriormente muchas y muchos de los protagonistas de sus obras. Falleció cuatro años más tarde, en el mayor momento de reconocimiento de su carrera.

No terminaría esta entrada si pusiera aquí todas las obras que me gustaría poner así que os invito a investigar por vuestra cuenta y ver más de sus interesantes pinturas. Puedes conocer la historia de algunas de ellas explicadas con su propia voz aquí.

[*]Anteriormente conocida como The Spanish Family pero se propuso corregirlo hace un par de años hasta donde sé según esta conferencia […] ya que la familia representada no era española sino puertorriqueña.

REVIEW

LA NAVE DEL OLVIDO

lesbiandad a los 70

Si tienes poco tiempo para disfrutar del cine, esta película de 71 minutos es una opción interesante. Nicol Ruiz Benavides dirige este film chileno en el que Claudina (Rosa Ramírez), de 70 años, se ve obligada a abandonar su casa en el campo tras la muerte de su esposo.

Durante todos sus años de matrimonio ha vivido en una granja en Lautaro, un pueblo chileno donde se avistan ovnis aquí representados metafóricamente a través de flashazos de luz en el cielo, bajo mi punto de vista, con mucho gusto. Nada sensacionalista ni explícito.

Después de recoger sus pertenencias y las de su marido entre lágrimas, la protagonista se muda a casa de su hija Ale (Gabriela Arancibia) con ella y su nieto. Allí conocerá a su vecina Elsa (Romana Satt) que capta rápidamente su atención al oírla cantar en el jardín mientras Claudina reposaba fumándose un cigarro al llegar a su nuevo hogar.

Elsa es una mujer de 65 años, casada y sin hijos. Moderna, decidida, culta e independiente. A menudo sola ya que su marido sale con frecuencia de viaje, una situación conveniente para ambas en esta historia. Claudina, sin embargo, es una mujer más tímida, curiosa pero también temerosa, al menos al inicio. Inmersa en la rutina diaria y nueva en el barrio, Elsa la invita a acompañarla a comprar tabaco y ahí empiezan a juntarse más comenzando una amistad que se afianza con unas clases de conducir que la vecina le ofrece para aprender a manejar el coche del marido fallecido y así obtener mayor autonomía.

Además, Claudina tiene varias escenas donde comparte algunas palabras con una jóven llamada Ignacia (Claudia Devia) que despacha en una tienda de desavíos y que conoció por la calle agarrada de otra chica. La visibilidad lésbica que aporta esta muchacha favorece el deseo de nuestra protagonista por explorar aquello que desde toda su vida le intrigó. Así, y sin contar mucho más de la película que dé lugar a spoilers sustanciales, Claudina va pasando cada vez más tiempo con Elsa, reconociéndose y disfrutando de la libertad que nunca antes se atrevió a perseguir.

Es hermoso ver la ilusión con la que una mujer descubre el amor pero sobre todo, y acostumbradas a ver historias así cuyas protagonistas son jóvenes y alocadas, hacerlo a través de la visión de estas señoras es aún más emocionante. También controvertido, claro. La nave del olvido se rodó en 2016, cuando aún era criticada porque su protagonista era ‘vieja y lesbiana’, pero terminó de montarse en 2020 presentándose en distintos festivales en plena pandemia que le valieron varios premios (Mejor película con perspectiva de género y Mejor directora en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y Mejor Actriz para Rosa en el Chéries-Chéris, entre otros). Su estreno oficial en salas se llevó a cabo en 2022.

Mujeres privadas de deseo, invisibles en el imaginario de todo aquello que tenga que ver con la sexualidad, que Nicol muestra con una ternura en la dirección y guión preciosa impregnada de referencias a su propia vivencia como lautarina.

Esta película no te atora con un montón de efectos especiales ni bandas sonoras épicas, al contrario, te abraza la calma, el silencio y la intimidad de la observación de los detalles de una vida sencilla.

OPINION

AUTODIAGNÓSTICO

posteando heridas

Escrito por Estefanía Sánchez, 07/03/2024

No es para nadie una novedad saber que las redes sociales están repletas de publicaciones que te dan ‘tips’ para identificar perfiles o patrones de conductas abusivas y, por otro lado, otros que te dicen ser válida cualquier emoción que una sienta.

En un primer momento esto podría parecer una herramienta muy útil para el autocuidado pero claro, las emociones no forman parte de lo racional y cuidarse a una misma debe ser un ejercicio consciente. 

A menudo los sentimientos responden como reacción desde el aprendizaje social más profundo e integrado que tenemos o desde cualquier estado psicológico alterado en el que nos encontremos. Creo que primero llega el sentimiento y la emoción y luego el pensamiento en el que procesamos el espacio que merece eso que estamos sintiendo. 

Por ejemplo, una amiga se enfada conmigo porque llegué tarde a una cita sin motivo y me lo comunica y entonces yo, con su mensaje, me siento atacada. Si proceso el sentimiento podré llegar a la conclusión de que hice algo mal y que lo que siento no corresponde con la realidad, mi amiga no me está atacando, me está dando un toque de atención por mi descuido con ella, y puede que ese sentimiento apareciese a causa de algún miedo o trauma o whatever. Si, en lugar de cuestionar la situación y reflexionar sobre ello, me limito al discurso de “toda emoción es válida” seguramente termine por no hacer el ejercicio de autoconsciencia y autocrítica e invalidando la legítima queja de mi amiga. Y sí, hay quien argumenta que este tipo de posts sólo pretenden el sentir sin culpa, tenga mayor o menor razón pero…

¿quién asegura que esa búsqueda de violencia en los demás y la validación de toda emoción propia no se la aplica la persona abusiva reafirmándose así como víctima y no como verdugo? ¿Quién dice que, validando todas nuestras emociones, no estamos viendo sólo la paja en el ojo ajeno? O al contrario, ¿cómo saber que no estamos justificando comportamientos abusivos de otros juzgando únicamente lo emocional?

Al fin y al cabo es Internet y un montón de personas heridas creando y consumiendo posts en base a experiencias personales y sin conocimientos de psicología ni recursos suficientes para acudir a profesionales. Sería absurdo no reconocer esto.

Todas y todos tenemos al alcance de nuestra mano una inmensidad de ‘palmaditas en la espalda’. Compartir la herida es autorreconocimiento y muchas veces reparación. También es reconocimiento entre iguales, sobre todo cuando sufren las mismas barbaries de violencias estructurales.

Es importante poder abrirse en canal y compartir desde la herida (yo lo hago bastante) pero eso no quiere decir que el veredicto de la historia de mi herida suponga un valor universal. Eso sólo tiene un camino y es el del sesgo.

La cultura del DIY, que mencioné en la newsletter anterior, ha calado tanto que hasta nos pensamos capaces de hacer nuestro propio diagnóstico pero eso sí, sin reflexionar ni analizar el proceso sino siguiendo unos pasos dados como quien ve un par de videotutoriales y ya.

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